Los recientes episodios de violencia registrados en escuelas del país han vuelto a colocar una pregunta urgente sobre la mesa: ¿qué está pasando con nuestros jóvenes?
Cuando un hecho violento ocurre dentro de una escuela, la atención suele concentrarse en lo inmediato: qué sucedió, quién fue responsable, qué medidas de seguridad deben implementarse y qué sanciones corresponden. Todas estas preguntas son necesarias. Pero existe otra que también deberíamos hacernos: ¿qué estaba ocurriendo antes de que la violencia apareciera?
Los recientes ataques en planteles educativos de Querétaro y Torreón han generado nuevamente preocupación sobre la seguridad de las comunidades escolares. En respuesta, las autoridades federales anunciaron un grupo de trabajo para fortalecer la prevención, la detección temprana y la atención de posibles conductas de riesgo.
Desde el psicoanálisis, sin embargo, prevenir no significa solamente detectar una amenaza. También implica aprender a escuchar aquello que un adolescente quizá todavía no puede expresar con palabras.
La violencia no aparece de la nada
Comprender los factores que pueden estar detrás de una conducta violenta no significa justificarla. La responsabilidad por un acto permanece. Pero intentar comprender qué sucede antes de que ocurra permite mirar el problema desde otra perspectiva.
Un adolescente puede atravesar sentimientos de rechazo, soledad, frustración, humillación, enojo o desesperanza que no necesariamente sabe cómo comunicar. En ocasiones, esos estados emocionales pueden expresarse a través del aislamiento, cambios bruscos de conducta, conflictos constantes o una creciente dificultad para relacionarse con los demás.
Para la Dra. Rocío Arocha, presidenta de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM), uno de los problemas que enfrentan actualmente los jóvenes es precisamente la falta de espacios para poder pensar y elaborar aquello que les ocurre.
“Lo leo como una falta muy lamentable de escucha, de los adultos, de no darle a los jóvenes los espacios para pensar, para analizar”.
La frase apunta a un problema que va más allá de la escuela. Escuchar a un adolescente no significa aprobar todo lo que hace ni evitarle los límites. Significa darle un espacio en el que pueda poner en palabras lo que siente antes de que tenga que expresarlo mediante una conducta.
Castigar después no sustituye prevenir antes
Ante la violencia escolar, es comprensible que exista una demanda inmediata de mayor vigilancia, protocolos y sanciones. Sin embargo, ninguna medida de seguridad puede sustituir la construcción de vínculos capaces de detectar cambios y señales de alerta.
La prevención comienza mucho antes de que alguien llegue a una escuela con la intención de agredir. También ocurre en el salón de clases, en casa, en la convivencia cotidiana y en la posibilidad de que un joven encuentre un adulto dispuesto a escuchar sin minimizar lo que siente.
Esto resulta especialmente importante durante la adolescencia, una etapa en la que las emociones pueden vivirse con enorme intensidad y en la que la mirada de los otros adquiere un peso particular.
La pregunta para padres, maestros y autoridades no debería ser únicamente “¿cómo evitamos que un joven haga algo violento?”, sino también “¿qué estamos viendo y qué estamos dejando de escuchar?”
Recuperar el lugar de los adultos
Las redes sociales han transformado la manera en que los adolescentes se relacionan, expresan sus conflictos y buscan reconocimiento. Incluso pueden convertirse en espacios donde circulan contenidos violentos y discursos que refuerzan el odio. Las autoridades mexicanas han señalado precisamente la necesidad de fortalecer el monitoreo y la detección temprana de amenazas y contenidos relacionados con extremismo violento.
También necesitamos recuperar el valor de la presencia adulta. Un adolescente necesita límites, pero también necesita un otro que pueda ayudarlo a comprender lo que le sucede; alguien que pueda escuchar su enojo sin confundir escuchar con consentir, y que pueda intervenir cuando exista una señal de riesgo.
En este sentido, la escuela no debería ser únicamente el lugar donde se transmiten conocimientos. También es uno de los espacios fundamentales donde niños y adolescentes aprenden a relacionarse, enfrentar conflictos y construir vínculos.
Antes de que sea demasiado tarde
Los episodios de violencia escolar nos obligan a mirar más allá del momento en que ocurre el acto. Prevenir significa llegar antes.
No siempre será posible anticipar una conducta violenta y ningún padre, maestro o institución puede tener control absoluto sobre las decisiones de un adolescente. Pero sí es posible construir comunidades donde pedir ayuda no sea visto como una debilidad, donde las señales de sufrimiento no sean ignoradas y donde los jóvenes tengan espacios para hablar, pensar y ser escuchados.
Como ha señalado Rocío Arocha al reflexionar sobre los jóvenes, existe una necesidad fundamental de contar con adultos que les permitan detenerse y pensar sobre aquello que viven.
Quizá esa sea una de las preguntas más urgentes que dejan los recientes episodios de violencia: antes de preguntarnos cómo castigar a quienes cruzaron un límite, ¿nos estamos preguntando qué podríamos haber escuchado antes de que ese límite fuera cruzado? La violencia exige responsabilidad. Pero la prevención exige escucha.
