Un niño que roba un lápiz, que miente constantemente, que agrede a sus compañeros o que parece no sentir empatía por los demás puede ser visto simplemente como un “niño problemático”. Pero ¿qué sucede cuando esas conductas se repiten, aumentan y nunca encuentran un límite?
Esta es una de las preguntas que plantea Trixia Valle en su nuevo libro Niños malos y cultura de odio: la verdad que nadie quiere saber, publicado por Edutrix, en el que analiza la relación entre crianza, límites, violencia y la forma en que los niños aprenden a relacionarse con los demás. El libro fue publicado en abril de 2026 y está dirigido al público general, con especial interés para padres y educadores.
La violencia no aparece de un día para otro
La propuesta central de Valle parte de una idea: ningún niño nace malo. Las conductas que pueden llevar a la violencia se van construyendo y pueden estar relacionadas con lo que los menores observan, aprenden y viven en su entorno.
Por eso, una de las preocupaciones que plantea la autora es la tendencia de los adultos a minimizar determinadas conductas durante la infancia.
“Es cosa de niños”, “así juegan”, “ya se le pasará” o “todos los niños son así” pueden convertirse en respuestas habituales frente a comportamientos que requieren atención. El problema, señala Valle, no es solamente la conducta aislada, sino lo que ocurre cuando un niño aprende que sus acciones no tienen consecuencias y que puede lastimar a otros sin detenerse a reflexionar sobre ello.
Los límites también son una forma de educación
Uno de los temas centrales de Niños malos y cultura de odio es la importancia de establecer límites. Para Valle, educar no significa evitarles a los hijos cualquier frustración ni permitirles hacer todo aquello que desean para no generar conflictos. Tampoco significa recurrir a la violencia.
Se trata de enseñar desde pequeños que existen consecuencias, que las demás personas tienen derechos y que no todo comportamiento puede ser aceptado.
La autora propone revisar algunos patrones de crianza que pueden parecer positivos, pero que terminan dificultando que los niños desarrollen tolerancia a la frustración, responsabilidad y empatía.
De la casa a las pantallas: cómo se aprende el odio
La violencia infantil tampoco ocurre de manera aislada. El entorno en el que crecen los menores tiene un papel importante.
Además de la familia y la escuela, las nuevas generaciones están expuestas diariamente a redes sociales, videos y contenidos en los que la agresión, la humillación y el enfrentamiento pueden presentarse como entretenimiento.
El libro analiza cómo esta cultura del odio puede contribuir a normalizar la violencia y a deshumanizar a quienes son percibidos como diferentes o como enemigos.
Sin embargo, Valle pone especial énfasis en que las pantallas no son el origen de todos los problemas. La crianza y el ambiente familiar siguen siendo fundamentales para que un niño aprenda a interpretar y enfrentar aquello que encuentra en internet.
Reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde
Uno de los objetivos de la obra es ayudar a padres y educadores a observar las señales que pueden aparecer antes de una conducta violenta de mayor gravedad.
La autora plantea una escalada de hostilidad y señala la importancia de intervenir desde las primeras manifestaciones, en lugar de esperar a que exista una agresión grave para actuar.
La propuesta no busca etiquetar a los niños como “malos”, sino entender qué hay detrás de sus comportamientos y qué pueden hacer los adultos para interrumpir una cadena de violencia que puede repetirse de generación en generación.
Educar para romper la cadena
Niños malos y cultura de odio: la verdad que nadie quiere saber propone cambiar la pregunta de “¿qué está mal con este niño?” por una mucho más incómoda: ¿qué estamos enseñando los adultos y qué estamos permitiendo que se normalice?
Porque si la violencia se aprende, también puede aprenderse la empatía, el respeto, el autocontrol y la responsabilidad.
El libro busca, finalmente, abrir una conversación sobre la responsabilidad que tienen padres, maestros y sociedad en la formación de niños capaces de reconocer al otro como una persona que merece respeto.
