
Como cada mes de enero, se llevó a cabo la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de Davos 2026, celebrada bajo el lema “Un espíritu de diálogo”, con el objetivo de promover la cooperación internacional en un contexto geopolítico complejo. En dicho encuentro se abordaron temas como economía, innovación, sustentabilidad y los principales desafíos globales.
Al evento asistieron más de 3000 líderes de más de 130 países, entre ellos jefes de Estado, empresarios, académicos y representantes de la sociedad civil de todo el mundo. Sin embargo, lejos de atender de manera profunda los problemas que dominan la agenda global, las reuniones se vieron marcadas por un ambiente de fragmentación, cautela y una creciente normalización del conflicto como un componente del sistema internacional.
El Foro Económico Mundial ha logrado consolidarse como un espacio influyente de diálogo, pero también como un símbolo del derroche económico y ambiental que caracteriza a una élite desconectada de las realidades que afirma combatir. El contraste resulta evidente e incómodo: jets privados, hoteles de lujo y banquetes exclusivos sirven de telón de fondo para debatir la pobreza, la desigualdad y la crisis climática global.
Mientras se pronuncian discursos sobre sostenibilidad, la logística del evento contradice de forma clara esos mismos principios. De ahí que la pregunta obligada sea: ¿puede hablarse legítimamente de acciones climáticas y disminución de la pobreza desde la opulencia?
El costo ambiental y económico de Davos no es solo simbólico. En términos de emisiones de carbono, el evento genera miles de toneladas de CO2, impulsadas principalmente por los vuelos en jet privado de líderes mundiales y directivos empresariales. Además, genera una cantidad masiva de residuos sólidos, incluidos plásticos de un solo uso y consumo energético concentrado en apenas cinco días.
En cuanto al costo económico, destaca una inversión de 9 y 10 millones de francos suizos únicamente en seguridad, que incluye el despliegue del ejército para proteger a los jefes de Estado.
El gasto total por delegación puede superar los 100.000 dólares, sin considerar el alto perfil económico del evento, donde las membresías pueden alcanzar hasta 758.000 dólares para socios estratégicos y el acceso individual por ejecutivo puede superar los 35.000 dólares.
Estas cifras permiten deducir que, mientras el mundo enfrenta récords históricos de temperatura, incendios, sequías y desplazamientos forzados, este tipo de encuentros reproducen el mismo modelo extractivista que ha llevado al planeta al borde del colapso.
Asimismo, mientras en Davos se debaten “estrategias” contra la pobreza, millones de personas enfrentan el encarecimiento de alimentos, la precarización laboral y la pérdida de territorios como consecuencia directa del cambio climático. La pobreza ha dejado de ser una estadística para convertirse en el resultado tangible de un sistema económico que prioriza la acumulación de riqueza sobre la vida misma.
La narrativa de la responsabilidad social corporativa y del llamado capitalismo verde suele quedarse en compromisos voluntarios, sin mecanismos vinculantes ni consecuencias reales. No se trata de negar la importancia del diálogo global, sino de cuestionar desde dónde y para quién se produce ese diálogo.
Davos 2026 ha sido descrito como una reunión que busca el crecimiento dentro de los límites planetarios; sin embargo, su elevado costo económico y su considerable huella de carbono mantienen vivas las críticas sobre la coherencia y la sostenibilidad del evento en sí.
Quizá el verdadero desafío no sea transformar Davos, sino aceptar que el mundo no necesita más foros de lujo para diagnosticar problemas que ya son evidentes. Lo que urge es coherencia. Porque mientras algunos debaten el futuro del planeta en la nieve suiza, otros apenas sobreviven a un presente cada vez más inhóspito.
