Recientemente, el gobierno de Estados Unidos ha expresado abiertamente su interés por controlar Groenlandia, recuperar el Canal de Panamá y anexar a Canadá como el estado número 51. Detrás de estas propuestas se encuentra una estrategia de expansión económica y supremacía internacional en América. A través del control de territorios clave, Estados Unidos busca obtener recursos naturales, ventajas comerciales y una posición geopolítica dominante, alineándose con la histórica doctrina del Destino Manifiesto.
Este concepto se remonta a 1845, cuando el periodista John O´Sullivan celebró, en un artículo, la anexión de Texas como parte de un designio divino que obligaba a Estados Unidos a expandirse por todo el continente americano. Esta convicción ha influido durante décadas en el pensamiento estadounidense, hasta el punto de que el actual presidente, Donald Trump, ha mencionado en varias ocasiones que, para lograr que Estados Unidos sea una gran nación, debe aplicar este designio.
Uno de los comentarios más polémicos de Trump fue su intención de comprar Groenlandia, una propuesta que Dinamarca rechazó rotundamente. Groenlandia, la isla más grande del mundo, representa un punto estratégico clave en el Atlántico Norte, además de contar con vastos recursos minerales. La propuesta de adquisición no es un caso aislado; se enmarca en un patrón de intentos expansionistas impulsados por la administración Trump.
El mandatario estadounidense ha adoptado una postura imperialista, declarando abiertamente en su discurso presidencial que su objetivo es expandir el territorio de Estados Unidos y llevar su bandera a nuevos horizontes. Estas declaraciones han preocupado a los gobiernos aliados, aunque algunos las interpretan como una táctica retórica para presionar y lograr acuerdos que garanticen su seguridad energética, su hegemonía y su influencia geopolítica mundial.
La idea de comprar Groenlandia , la mayor isla del mundo, antigua colonia danesa, surge de su ubicación geoestratégica. Washington busca reforzar la base espacial de Pituffik con un sistema de radares que permita monitorear la brecha GIUK (Groenlandia, Islandia y Reino Unido), una ruta crítica para el acceso al Atlántico y la defensa contra submarinos rusos.
Además, Groenlandia cuenta con grandes reservas de petróleo, gas natural y tierras raras, elementos esenciales para la transición energética global. Otro factor que hace atractiva a Groenlandia es su potencial para nuevas rutas comerciales que conecten el Océano Ártico con el Atlántico, facilitando el transporte marítimo entre Europa y Asia. De esta manera, Estados Unidos podría controlar el tráfico marítimo en esta ruta, beneficiándose económicamente de los peajes cobrados a las navieras de todo el mundo, incluidas las chinas.
El Canal de Panamá, que conecta el Océano Pacífico con el Atlántico a lo largo de 82 km, es otra pieza clave en la estrategia de Trump. Estados Unidos administro el Canal de Panamá hasta 1999, cuando la concesión fue transferida a Panamá. Por este canal transita el 6% del comercio global y el 72% de los contenedores tiene como destino Estados Unidos. Además, el canal es utilizado por la flota militar estadounidense, lo que genera preocupación sobre la seguridad nacional debido a la creciente presencia de empresas chinas en la zona.
Aunque es cierto que empresas chinas han realizado inversiones en el Canal de Panamá desde 2017, estas actividades comenzaron antes de la transferencia del canal a Panamá. Por lo tanto, el argumento de Trump sobre la necesidad de recuperar el control del canal debido a la influencia china no parece justificable.
En cuanto a Canadá, su posición geográfica y sus abundantes recursos naturales lo convierten en un objetivo estratégico. Trump ha expresado en varias ocasiones su descontento con las relaciones comerciales entre ambos países, amenazando con imponer aranceles y renegociar acuerdos. Canadá, por su parte, observa con preocupación estas declaraciones y se ha preparado para defender sus intereses ante posibles cambios en las políticas comerciales de Estados Unidos.
Canadá es un socio comercial clave para Estados Unidos, no sólo por su proximidad geográfica, sino también por sus vastos recursos naturales, como petróleo, gas y agua dulce, que podrían interesar a un líder con una visión expansionista. Controlar Canadá daría a Estados Unidos una ventaja geopolítica frente a Rusia y China en el Ártico.
Desde una perspectiva económica, la imposición de aranceles es una forma de presión para obtener recursos naturales, aunque una invasión sería extremadamente improbable en términos diplomáticos, económicos y militares.
Por su parte, Canadá ha expresado su preocupación por el cambio de postura de Trump y, aunque siempre ha sido un aliado de Estados Unidos, no está dispuesto a ceder en temas como su sistema de salud o su soberanía, ni a involucrarse en los problemas internacionales de Estados Unidos. Es importante tener en cuenta que, en un mundo globalizado, las medidas arancelarias y las políticas expansionistas pueden tener repercusiones a gran escala, tanto a nivel internacional como interno. La viabilidad de tales acciones es cuestionable, que enfrentarían una fuerte oposición tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
En última instancia, lo que Trump busca es consolidar su influencia en la región y ganar la carrera contra China, dominando rutas comerciales estratégicas. La coerción que está aplicando a los países dentro de su zona de influencia tiene como objetivo alcanzar el control de regiones potencialmente valiosas. Sin embargo, estas acciones podrían tener consecuencias negativas a corto plazo, especialmente en el marco de las organizaciones internacionales, donde la presión podría generar rechazo.