
El comercio exterior de México representa casi tres cuartas partes del Producto Interno Bruto. Exportaciones, importaciones y atracción de inversiones lo convierten en un eje estratégico de la economía nacional. A lo largo del 2025, el país ha mostrado señales mixtas que revelan tanto resiliencia como vulnerabilidad frente a un entorno internacional cada vez más convulso.
De acuerdo con cifras del INEGI, la balanza comercial ha alternado entre déficits y superávits a lo largo del año, cerrando noviembre con un saldo positivo de 63 millones de dólares, impulsado principalmente por exportaciones no petroleras que alcanzaron los 56,412 millones de dólares, con un crecimiento anual de 8%.
El déficit observado en algunos meses del año se explica, en buena medida, por el crecimiento sostenido de importaciones de bienes de consumo, también cercanas a los 55,749 millones de dólares, así como por el persistente déficit petrolero. Este comportamiento confirma la fuerte integración de México en las cadenas globales de valor, pero también evidencia su dependencia de insumos importados.
Este ciclo de altibajos económicos se desarrolla en un contexto internacional marcado por crecientes tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, en el que México juega un papel crucial. La situación le exige una estrategia diplomática y comercial firme.
Si bien la dependencia comercial con Estados Unidos es inevitable, ignorar a China (segunda economía del mundo y líder en inversión tecnológica) sería una torpeza geopolítica.
México enfrenta el reto de articular una estrategia bien fundamentada que le permita cumplir con sus compromisos en el marco del T-MEC, aprovechar el nearshoring para atraer inversión extranjera directa en sectores estratégicos y, al mismo tiempo, mantener la relación pragmática con China que contribuya a la diversificación de mercados. Por ello, la próxima revisión del T- MEC será determinante. En ella se evaluarán reglas de origen, regulaciones y restricciones no arancelarias y, sobre todo, la certidumbre jurídica.
En 2025, México también emprendió la actualización de diversas leyes que regulan la entrada y salida de mercancías, con el objetivo de atender problemas estructurales internos, particularmente en materia aduanera y de recaudación fiscal.
Sin embargo, la imposición de aranceles por parte del gobierno de Estados Unidos a sus principales socios comerciales, y su posterior adopción por México, plantea una paradoja.
Por un lado, se apuesta por la innovación, crecimiento y la rehabilitación de las industrias clave. Por otro, se mantiene una fuerte dependencia de insumos provenientes de China.
La restricción a la importación de productos terminados no ha reducido de manera significativa la necesidad de importar insumos asiáticos, lo que limita la competitividad de las empresas mexicanas frente a otros mercados.
Quizá la estrategia actual responda a una visión de corto plazo, pero si las cadenas de valor continúan fragmentándose, la competitividad nacional podría verse seriamente comprometida. El tiempo se encargará de ofrecer las respuestas.
Al mismo tiempo, el lanzamiento del Plan México en este año busca transformar al país en una zona de producción regional y atraer inversión extranjera. No obstante, el desafío es mayúsculo: conciliar una estrategia nacionalista con la realidad de un comercio exterior altamente interdependiente.
El discurso político apunta a aprovechar el nearshoring como una oportunidad de largo plazo, acompañada de incentivos fiscales y del fortalecimiento de proveedores nacionales, con el objetivo de convertir a México en un nodo clave de manufactura avanzada.
La pregunta obligada es si estas iniciativas serán suficientes para mantener o elevar la competitividad comercial del país. Los desafíos son significativos, pero las cifras recientes muestran a un México capaz de adaptarse y posicionarse como exportador clave, aunque aún vulnerable a desequilibrios que exigen respuestas estratégicas claras.
De cara a 2026, el reto será encontrar un equilibrio entre la apertura comercial y la protección de industrias estratégicas, de modo que México refuerce su inserción internacional sin sacrificar su competitividad interna.
Solo así el comercio exterior podrá consolidarse como un verdadero motor de crecimiento sostenido en un mundo cada vez más interdependiente.
