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Trump y el garrote arancelario: la diplomacia del poder económico

Dra. Rocio Mendez

Desde sus inicios, el sistema estadounidense ha buscado influir en el rumbo de los asuntos internacionales mediante diversos métodos. Gracias a los cimientos ideológicos que lo sustentan, esos mecanismos trascienden las administraciones y se extienden a otras áreas de la vida nacional e internacional del país. Esta lógica nos remite a los orígenes de la diplomacia estadounidense, particularmente a la Doctrina Monroe, formulada a fines del siglo XIX con el lema “América para los americanos”, como justificación de una política expansionista. Más adelante, Theodore Roosevelt daría un paso más con la política del Big Stick (Gran Garrote), que combinaba el discurso diplomático con una amenaza del uso de la fuerza para proteger los intereses de Estados Unidos (EE.UU.) en América Latina. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha revitalizado una versión moderna y peligrosa de esta diplomacia del Big Stick.

Hoy, el garrote no es militar, sino económico: los aranceles se han convertido en su arma predilecta para condicionar a otras naciones bajo sus propios términos.

En este sentido, Trump ha transformado la política comercial en un instrumento de coerción y chantaje. Bajo el discurso de proteger la industria, fomentar el empleo y garantizar la seguridad nacional, impone barreras arancelarias no solo a China, sino también a socios tradicionales como la Unión Europea, Japón, Canadá y México. Su lógica es clara, pero contundente: o se aceptan sus condiciones, o se enfrentan a represalias económicas en forma de aranceles, colocando a cada país ante una disyuntiva: ceder o resistir.

Un ejemplo claro de lo antes mencionado fueron los recientes “acuerdos” comerciales impulsados por EE.UU. con distintos países, especialmente Japón y la Unión Europea. En semanas pasadas, se anunció que las mercancías de estas naciones tendrían acceso al mercado norteamericano solo si cumplían con el pago del arancel del 15%, lo cual, lejos de ser un gesto de apertura, es en realidad una estrategia para condicionar futuras decisiones.

Dicho lo anterior, veamos el caso de Japón. El presidente de EE.UU. presionó con la imposición de un arancel del 30% para que Tokio aumentara las importaciones de arroz y automóviles estadounidenses. La medida se justificó con el argumento de corregir el déficit comercial que tiene EE.UU. con este país y además, le exigió flexibilizara sus normas de seguridad para importar productos del sector automotriz de EE.UU., al tiempo que cuestionaba la postura japonesa respecto del reconocimiento del Estado Palestino y su rol en organismos internacionales.

Por su parte, en lo que respecta a la Unión Europea (UE), el esquema de negociación no ha sido diferente. Donald Trump buscó asegurar la zona de influencia de EE.UU. mediante la venta de gas natural licuado (GNL), un 45% más caro que el ruso, bajo el argumento de garantizar la seguridad energética y promover la supuesta “independencia” del bloque económico. Esta postura resulta contradictoria, porque se supone que Europa defiende a Ucrania en la guerra contra Rusia y, como medida de sanción, ha estado comprando el GNL estadounidense a precios excesivos y reduciendo su consumo de gas ruso. Sin embargo, en la práctica, esto no ha sido tan claro.

Es importante subrayar que, al hablar del aseguramiento de la zona de influencia de Washington, también nos referimos al uso del garrote arancelario. A través del cual, EE.UU. condiciona a la UE a resistir el aumento de gravamen a sus exportaciones, los cuales han pasando de un 2% a un 15%, sin ofrecer ningún tipo de reciprocidad.

Lamentablemente, este acuerdo ha significado una desventaja para la UE; en su afán por conservar a EE.UU. como socio comercial y proteger su balanza comercial, ha puesto en riesgo la estabilidad de su propia economía. ¿A qué se refiere esto? A que, bajo el compromiso de adquirir energía por un valor de 750. 000 millones de dólares durante tres años, la infraestructura europea tendrá que asumir altos costos de modernización para poder procesar, transportar y almacenar el GNL proveniente de EE.UU.

Mientras la UE lidia con las presiones económicas impuestas por Washington bajo el pretexto de seguridad energética, México enfrenta un panorama igualmente complejo. Ante la amenaza de nuevos aranceles, vale preguntarse: ¿cómo sorteará nuestro país los embates del garrote trumpiano? A diferencia de otras regiones, México cuenta con un instrumento legal: el T- MEC.

Este tratado, modernizado durante el primer mandato de Donald Trump, establece que no pueden imponerse nuevos aranceles entre los socios. Además, ofrece mecanismos de defensa a través de paneles de solución de controversias tanto en el propio tratado como en la Organizacaión Mundial de Comercio (OMC). Es decir, México tiene herramientas jurídicas, pero también una responsabilidad política: usarlas con firmeza. Sin duda, el verdadero reto no solo está en evitar un golpe arancelario, sino en avanzar hacia una independencia económica real. Apostar por nuevos socios comerciales, como Brasil, y fortalecer el mercado interno debe ser parte de una estrategia de largo plazo. El T-MEC no debe ser una camisa de fuerza, sino una herramienta que impulse el crecimiento sostenido, la inversión y un uso eficiente de los recursos.

En realidad, el problema va más allá del comercio. El uso del garrote arancelario refleja una visión de fuerza por encima de la cooperación. Además, debilita los organismos multilaterales, genera desconfianza y rompe las cadenas globales de valor. Y aún más grave: permite a EE.UU. condicionar posiciones diplomáticas, incluso frente a violaciones a los derechos humanos, como ocurre con el pueblo palestino en Gaza.

En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum no puede perder de vista que la política comercial también es geopolítica. La próxima reunión con el equipo de EE.UU. será clave para definir si México se mantiene firme en la defensa de su soberanía… o cede, una vez más, a un liderazgo que impone, en vez de dialogar.

La historia se repite: América Latina vuelve a estar frente a un Estados Unidos que prefiere las intimidaciones a los acuerdos. Y México, como muchas veces antes, tendrá que decidir si se somete o se defiende.

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